Aquellos balnearios de antaño (I)
El agua de calidad siempre ha sido valorada; no en vano es esencial para nuestra salud y supervivencia y por ello los asentamientos humanos siempre estaban cerca de ríos, riachuelos, manantiales…

Ya en tiempos de la antigua Grecia existían lugares llamados asclepias, en honor del dios de la medicina Asclepio. Eran verdaderos centros de sanación, donde los sacerdotes aplicaban técnicas de hidroterapia a los enfermos. Hipócrates consideraba la hidroterapia como método terapéutico de primer orden, utilizando el agua fría para dolores articulares, procesos inflamatorios, contracturas musculares… el agua de mar para erupciones cutáneas, heridas simples o llagas no infectadas, y el agua caliente, que según él debilitaba la musculatura y favorecía las hemorragias, la aplicaba para espasmos musculares, insomnio, determinados dolores y curación de heridas y llagas.

En la época de la antigua Roma, los ciudadanos también sabían aprovechar las propiedades del agua. Un edificio que no podía faltar en ninguna ciudad de prestigio eran los baños, donde se reunía la gente para regalarse con el agua mientras charlaban animadamente. Si la ciudad se encontraba en un emplazamiento donde había aguas termales, tanto mejor: en ese caso se construían las llamadas termas, para que sanos y enfermos se beneficiaran de las cualidades del agua caliente y de su composición. Autores como Plinio defendían las virtudes del agua: en su libro “Historia Natural” habla de los manantiales ferruginosos, describiendo el sabor del agua y sus propiedades curativas.

En Europa durante la Edad Media se abandonaron todas estas técnicas de sanación, de las cuáles sólo quedó constancia en los libros que se guardaban celosamente en las bibliotecas de los monasterios. No fue hasta siglos después que volvió la cultura de la hidroterapia. Pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.