La anemia consiste en un descenso de los glóbulos rojos, también llamados hematíes o eritrocitos. Estos glóbulos rojos son las células más abundantes de la sangre, generalmente entre 4 y 5 millones por milímetro cúbico. Su origen tiene lugar en la médula ósea y para su formación es necesaria la aportación de hierro, vitaminas (sobre todo B12) y ácido fólico.

La función principal de los glóbulos rojos es transportar hemoglobina (heteroproteina de color rojo característico que transporta el oxígeno desde los órganos respiratorios hasta los tejidos). Al envejecer, son captados por el bazo para su destrucción.

Cuando se produce un descenso en el número de hematíes o una disminución en la concentración de la hemoglobina, se produce la anemia.

Causas de la anemia

Se debe a tres causas, principalmente: por pérdida de sangre, por escasa producción de glóbulos rojos ,causada por la carencia de las sustancias indispensables para su formación como hierro, vitamina B12 o ácido fólico, o por una destrucción prematura de estos, dentro del organismo.

Normalmente, nuestro organismo reacciona rápidamente ante una pérdida de sangre, pero cuando esta es demasiado brusca y abundante (por una herida profunda) o producida por pequeñas hemorragias continuas (por hemorroides), se dificulta la producción de hematíes.

La destrucción de glóbulos rojos o hemólisis, puede deberse a un origen congénito, una actividad excesiva del bazo, etc.

Ante lo expuesto, anteriormente, se deduce que la anemia no es una enfermedad en sí misma sino la consecuencia de otros problemas que la originan.

Síntomas

Cuando se trata de una anemia leve, los síntomas son apenas imperceptibles, salvo por un cierto cansancio o palpitaciones a la hora de hacer ejercicio. En la medida que la anemia se agrava, los síntomas se hacen más notorios, como la aparición de taquicardia (pulso acelerado, incluso, en reposo), mareos, vértigos, dolor de cabeza, irritabilidad, alteraciones menstruales, etc.

Si se trata de una aparición brusca de la anemia, también lo síntomas aparecen enseguida. Por el contrario, si esta se ha ido desarrollando durante cierto tiempo, el organismo puede adaptarse y los síntomas aparecen cuando se llegue a un estado severo.

No todo el mundo tiene el mismo riesgo de padecer anemia, así, por ejemplo, los grupos de población que presentan más riesgo de padecerla y con repercusiones más graves son ancianos, niños en edad preescolar y mujeres en edad fértil. La causa más habitual en estos grupos es la falta de hierro o anemia ferropénica, aunque en ocasiones, no está considerada como una auténtica anemia. Se trata de una falsa anemia debido a una mayor dilución del hierro en la sangre por retención de líquidos, y aunque los niveles de hierro sean los normales no se detectan por haber una menor concentración.

Tratamiento

Lo correcto es actuar contra las causas que provocan la anemia, como administrar ácido fólico, complejos vitamínicos o hierro. A veces, incluso, estas medidas pueden ser insuficientes haciéndose necesaria una transfusión de sangre.

Consejos

– Durante los 5 o 6 meses de vida, la lactancia materna previene la anemia ferropénica. Cuando esto no sea posible, habría que administrar al lactante leches artificiales enriquecidas con hierro.
– Durante el primer año de vida, no administrar leche de vaca.
– El hierro que contienen el pescado y la carne se absorbe mejor que el de las legumbres (lentejas).
– Tomar zumo de naranja después de las comidas o tras ingerir algún suplemento mineral, pues ayuda a la absorción del hierro.
– La ingestión de fármacos que contengan hierro provoca el oscurecimiento de las heces.