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Saber distinguir entre lo ajeno y lo propio significa madurar. Los jóvenes comprenden en qué se diferencian de los demás pero, a su vez, interiorizan las exigencias del ambiente social. Muy al contrario de lo que se pueda pensar, las opiniones de los padres influyen, siempre que no se les expongan como verdades absolutas o sermones inacabables.

El caldo de cultivo que hace posible la evolución y maduración de los jóvenes abarca la familia, los amigos, el colegio, etc. El cometido de los padres durante todo este proceso es permitir y privar al mismo tiempo. Es en esta etapa donde toma especial relevancia la intimidad pues las relaciones con el sexo opuesto van más allá de la amistad. También, comprenden que para satisfacer sus necesidades, han de tener en consideración las de los demás. Entonces entra en juego el conflicto satisfacción-privación, cuya superación le enseñará a construir y mantener una relación de pareja.

La siguiente fase en la evolución abarca desde los 22 a los 35 años, aproximadamente. En esta, los jóvenes ya han pasado a ser adultos y su principal cometido, durante esta, es aprender a tomar decisiones, aceptar responsabilidades, comprender las opiniones ajenas, soportar las frustraciones y aceptar el rol social. Atrás queda el hogar materno, ahora deben caminar solos y reafirmar su propia identidad. Sin embargo, la intervención de los padres en esta fase de permanencia-cambio puede generar una crisis, dependiendo del modo en que quieran ayudar a sus hijos.

A medida que los vínculos con el hogar paterno se van difuminando, los individuos han de crear nuevos lazos entre su nuevo yo y el mundo que les rodea. Si no se supera la crisis anterior debido a la intervención paterna, las consecuencias serán aislamiento, miedo a las relaciones íntimas o negación de la realidad.

La etapa de asentamiento abarca desde los 33 a los 45 años y se caracteriza por la consecución de una identidad segura y estable, tanto en la vida profesional como en las relaciones amorosas. La labor realizada hasta ahora, vivienda, familia y solidaridad con quienes les rodean, conforman ahora el centro del universo. El futuro ya no se presenta lleno de infinitas posibilidades.

Aquellos que no superen esta fase, continuarán buscando la aprobación en los demás, impulsados a demostrar cierta superioridad al resto del mundo. Cualquier comentario o crítica supondrá una afrenta y su vulnerabilidad les hundirá ante cualquier síntoma de rechazo. La no consecución de una identidad propia y segura se convertirá en un dilema existencial.

Comprender las propias limitaciones es una de las experiencias más dolorosas entre los 45 y 60 años. Muchos de los proyectos y deseos por realizar se quedaron en el camino. Ya es tarde para cambiar o empezar de nuevo. Tras años de sacrificio y dedicación los hijos abandonan el hogar y laboralmente no existen más metas. En esta fase, muchas personas sienten la necesidad de dar un giro a su vida de 180 grados para recuperar todo lo que no han podido vivir.

Finalmente entramos en la madurez, a partir de los 65 años, etapa caracterizada por el sentimiento de haber cumplido con todo. Sin embargo, algunas personas arrastran la sensación de haber fracasado en alguna faceta de la vida y entran en un conflicto psíquico. Y una vez más, se ha de superar esta crisis, en aras de la propia maduración. Mirar hacia delante, sin sentimientos de frustración ni de orgullo, asimilar las penas y aceptar las limitaciones psíquicas y físicas: simplemente estructurando de forma positiva la vida que queda por vivir.