Discutir para calmar los nervios
Una discusión puede resultar más beneficiosa para la salud que guardarse resentimientos y rencores, siempre que se trate de una discusión constructiva. Es decir, exponer libremente los sentimientos mientras se habla con el otro. Sin embargo, el inconveniente reside en que los sentimientos son muy intensos, la mayoría de las veces, y no se contienen ni se expresan de forma adecuada.

Además de ser una clara lucha por la victoria, la discusión bien entendida es una forma de comunicación insustituible. Gracias a ella, podemos conocer aspectos del otro que, quizás, nunca habrían salido a la luz. De hecho, algunos psicólogos aconsejan buscar el momento para la discusión en familia.

Cuanto más estrechos sean los lazos que nos unen a una persona, más importantes son las cosas que no se dicen. Para solventar este tipo de cuestiones, el ser humano, desde niño, ha utilizado el diálogo emocional (vulgarmente llamado discusión, bronca o pelotera), con la consiguiente pérdida de paz. Sin embargo, después de la tormenta llega la calma, la presión sanguínea vuelve a sus niveles normales y sobreviene un estado de relajación generalizado.

Aunque parezca extraño, hay que obedecer unas reglas a la hora de discutir. La primera es que los contendientes deben hacer todo lo posible para entenderse mutuamente. Esto no significa que se deban exponer siempre de forma razonable los asuntos que preocupan. Sencillamente se trata de expresarse con claridad, sin reprimir el lenguaje corporal (ceño fruncido, puño golpeando la mesa, llanto o risa sarcástica), y dentro de unos límites razonables. Otra regla fundamental, para la discusión productiva, es evitar los rodeos argumentales y concentrarse en detectar las sutiles estrategias indirectas del compañero o compañera.

En las disputas destructivas se podrían enumerar algunas modalidades: la discusión con posterior fuga (iniciar la disputa y después escabullirse), luchador de monólogo (no dejar hablar al contrario) y sacar las cosas de contexto (lanzar al contrario una serie de reproches procedentes de situaciones distintas). Esta última sería aceptable en el caso de que verdaderamente se escondiera un contexto desconocido hasta el momento, ya que convendría analizarlo.

Lo importante es que la discusión nunca deje de ser un diálogo. A pesar de la tensión generada, sobre todo, en su fase inicial, es necesario hacer pausas para poder escuchar con atención lo que el otro nos tiene que decir. Se trata de acumular toda la información posible, dentro de la avalancha de palabras del otro, para devolver el golpe. Con esto también conseguimos demostrar al contrario de que le estamos escuchando porque nos importa. Cabe decir que está totalmente contraindicado mostrar algún tipo de desprecio, pues la disputa se convertiría en una afrenta sin visos de una posible solución.

Como recomendación, una discusión se ha de iniciar tan pronto como se detecte el conflicto, por la sencilla razón de que es más fácil apagar una chispa que un incendio ya extendido. Además, la presencia de terceras personas podría ayudar a que la disputa se sucediese con más limpieza y evitar los golpes bajos. Incluso tratándose de los propios hijos, conviene que estos aprendan de los padres a discutir de manera constructiva, como una forma de capacitación para sus futuras relaciones sociales. De lo contrario, el hecho de presenciar discusiones violentas puede traducirse en incapacidad para relacionarse, tanto a nivel familiar como social.

Un símil que resumiría todo lo explicado consistiría en imaginar una olla a presión que empieza a congestionarse. Si no destapamos la espita para que salga el vapor, las consecuencias de una explosión podrían ser devastadoras: nuestro hogar, nuestra familia y nosotros mismos.