infelicitat
Amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende, pues no basta con haber tenido alguna experiencia personal desagradable. La otra cara de la felicidad sería la obsesión por ver el lado negativo de las cosas, y las personas que se empeñan en ser infelices suelen amargar a quienes les rodean. Las víctimas más inmediatas acostumbran a ser menores o personas que dependen emocionalmente de la persona insatisfecha.

Según los psicólogos, este tipo de comportamiento pesimista tiene su origen en las actitudes negativas hacia el futuro. Es decir, si alguien tiene una experiencia desagradable, este suele proyectarla en el futuro más inmediato, por lo que está anticipando, a su vez, el sentimiento de infelicidad. No importa como se sucedan las cosas realmente; si hay predisposición a no disfrutarlas, la persona se sentirá desgraciada.

Existe, en psicología, el llamado triángulo dramático, refiriéndose a un tipo de comunicación interpersonal en la que se adoptan tres roles. El que siempre hace de malo, que lo sabe todo y castiga a los demás por sus equivocaciones sería el perseguidor. El que necesita ser reconocido por su bondad sería el salvador. Y el tercer rol correspondería a la víctima, aquella persona que adopta la postura de la pena para sobrevivir. Esta persona intenta captar la atención de los demás a través del sufrimiento, llegando a padecer autenticas enfermedades psicosomáticas.

En muchas ocasiones, todos hemos sido parte de este triángulo, en la que las víctimas nos han mostrado hasta que punto su tiranía puede mover montañas. Estos pesimistas persistentes son maestros en un arte que les proporciona beneficios en, no pocas, situaciones.