
Alrededor de un 70 por 100 de las personas adultas se ha sometido en su vida a algún tipo de terapia. En la sociedad industrializada en que vivimos, los problemas que más tratan las psicoterapias son: la depresión, los problemas en las relaciones, alteraciones de carácter, trastornos de personalidad, y muchos otros males físicos que son somatizaciones de conflictos psíquicos.
En el ser humano, la configuración de la personalidad depende de cuatro aspectos importantes: el cuerpo, los sentimientos, la mente y la conducta. Estos cuatro elementos deben permanecer en armonía, ya que cualquier desequilibrio puede desembocar en una crisis de personalidad y precisar una terapia.
Por ello, los psicoterapeutas trabajan sobre estos cuatro elementos y sus distintas modalidades dan nombre a las diferentes escuelas o técnicas. Aunque todas se aplican a la personalidad, el método empleado incide de forma especial en la mente. Para la cognición, corriente cognitiva; la conducta, conductismo y neo-conductismo, los sentimientos, psicoanálisis; y para el cuerpo, bioenergética o terapias corporales.
Algunas escuelas otorgan más importancia a los aspectos sociológicos del individuo como factor determinante en el trastorno psíquico, mientras que otras lo conceden a los espirituales. Por esta razón, desde hace algún tiempo, expertos norteamericanos utilizan terapias para aprender a rezar. Independientemente de la creencia que se profese, la finalidad que se persigue es enseñar técnicas que conecten al ser humano con una espiritualidad mayor para conseguir la curación.
Sin embargo y dado que se trata de una ciencia relativamente nueva, cada profesional hace su aportación particular, llegando a crear un método propio. Pero el origen de todas las psicoterapias se deben a las teorías de Freud. El padre del psicoanálisis estableció el uso del diván para el distanciamiento entre el paciente y el terapeuta. En este, la persona objeto del psicoanálisis, relata todo lo que hay en su subconsciente. Libremente deja fluir su imaginación, sueños, recuerdos y pensamientos morbosos, liberándolos de los mecanismos de defensa mentales. De esta manera, el profesional construye una nueva biografía, a partir de los fragmentos inconexos del relato y los sentimientos que el paciente proyecta sobre el terapeuta. Todo se interpreta con la finalidad de reconstruir la personalidad dañada, un proceso que puede durar años, e incluso, toda la vida.


























































