La anemia y la alimentación
En nuestra sociedad no tenemos problemas de acceso a los alimentos. Cada vez comemos en más cantidad. Sin embargo, paralelamente crecen los problemas nutricionales y entre ellos, y curiosamente, los derivados de los déficits alimentarios. La anemia es uno de estos problemas.

Hablando en términos generales, una persona padece de anemia cuando la cantidad de glóbulos rojos que está presente en su sangre es inferior a la de la media. Los glóbulos rojos son los encargados de transportar oxígeno a las células de nuestro cuerpo; por ello, cuando su número es reducido, podemos notar síntomas como cansancio, presión baja, mareos, palidez, palpitaciones…

Los glóbulos rojos o hematíes transportan oxígeno gracias a un pigmento que contienen: la hemoglobina, la cual tiene hierro en su composición, por lo cual el déficit de hierro es la causa más común de la anemia, aunque ésta también puede darse por falta de vitamina B12, de ácido fólico o de vitamina C.

Un buen ejemplo de anemia por mala alimentación es la que sufren algunas personas mayores, que viven solas y se alimentan casi exclusivamente de alimentos precocinados y en conserva. Otro ejemplo sería el de vegetarianos estrictos, puesto que no consumen carne ni pescado.

Y es que las fuentes más ricas de hierro son las carnes rojas, el hígado y el pescado azul; les siguen vegetales como las legumbres y las espinacas, que también contienen hierro pero en bastante menor medida.

Para evitar la anemia por falta de vitaminas es imprescindible consumir fruta y vegetales crudos en abundancia. La vitamina C ayuda en la absorción del hierro, por lo que es adecuado consumir en la misma comida alimentos ricos en estos dos micronutrientes. No es aconsejable consumir a la vez fuentes ricas de calcio, como la leche, con alimentos ricos en hierro, puesto que el calcio dificulta la absorción de éste último.