La dificultad de tomar decisiones
A diario tomamos decisiones sobre aspectos tan cotidianos como llevar una prenda de vestir determinada u otra, ir al trabajo en coche o en autobús, salir a pasear o ir al cine, etc. El hecho de optar por una alternativa en detrimento de otra es algo completamente habitual y que se repite en todos los ámbitos de nuestra vida. Y es que el ser humano posee una capacidad innata para manejar probabilidades que guarda más relación con la capacidad lingüística que con la intelectual: el lenguaje nos ha permitido hablar del futuro y anticiparnos a él.

Dado que la mente es limitada, al igual que la estructura del ambiente en el que opera, las personas construyen modelos simplificados del mundo, en los que basan sus juicios y decisiones. Así pues, elegir una buena opción radica más en encontrar rápidamente una que funcione, en lugar de seguir pensando para encontrar la mejor. La mente no se enfrenta a las dudas cotidianas examinando interminables listas de probabilidades, ya que la evolución nos ha dotado de un conjunto de atajos mentales para tomar decisiones. Estos no garantizan siempre la solución, aunque cuando se encuentra suele aparecer rápidamente.

Muchas de las decisiones que tomamos son de gran importancia y de sus consecuencias depende, en parte, nuestro futuro: la elección de una carrera, de una profesión o de la pareja sentimental. Por ello, al proceso de toma de decisiones se le podría denominar como la esencia de la inteligencia. Tanto es así, que su estudio, en los últimos 30 años, ha constituido uno de los principales temas de la psicología, las matemáticas, la filosofía, la sociología y la economía. El resultado a este interés han sido los avances que se han producido en el esclarecimiento de los procesos cognitivos que conllevan a la toma de decisiones y los métodos de búsqueda que los individuos utilizan para solucionar problemas, así como los trastornos patológicos que los bloquean.

Normalmente, las personas impulsivas deciden de forma precipitada; las pacientes lo hacen con tendencia al autosaboteo, optando por decisiones equívocas de forma intencionada; y, aquellas afectadas por la duda obsesiva son incapaces de tomar una decisión. Estas últimas dan vueltas al problema una y otra vez, hasta el punto de quedar inmovilizadas sin saber que hacer.

Algunos de los motivos que frenan la habilidad de tomar decisiones son el miedo a los cambios, el respeto que suponen los riesgos, la inseguridad, la baja autoestima, el perfeccionismo, el desequilibrio emocional y la negación a admitir que las decisiones se toman sin tener toda la información necesaria.

La dificultad de tomar decisiones
Son numerosas las variables que influyen a la hora de elegir una opción y nunca tenemos los datos suficientes para tomar la decisión supuestamente ideal, por tanto siempre existe un margen de riesgo de que nos equivoquemos. Las personas indecisas son incapaces de asumir esta evidencia, por lo que convendría que siguieran los siguientes consejos, también extensibles a otras personas:

– Reflexionar antes de actuar, tomando el tiempo que sea necesario.
– Pensar en todas las alternativas a su alcance y valorar los pros y contras de cada una de ellas.
– Ser consciente de las propias limitaciones y elevar la autoestima.
– Anticiparse a las consecuencias de todas las opciones posibles y planificar los objetivos que se quieran conseguir.
– Elegir y poner en práctica la mejor alternativa analizada.