La historia del té
Nadie sabe exactamente dónde o cuándo, fue elaborada la primera taza de té. Según la mitología popular, el emperador Shen Nung (que reinó en China en el año 2732 a. de C.), fue el primero en descubrir un efecto estimulante del té gracias a que, accidentalmente, cayeron unas hojas en una olla que estaban preparando sus sirvientes con agua hirviendo para beber.

El té, se lleva bebiendo en China de manera cotidiana desde el siglo IV. El té silvestre creció en muchas partes de Assam, así que el consumo de este en la India es también una costumbre muy antigua. La materia prima para la fabricación de esta bebida son dos hojas jóvenes y un brote de hojas sin abrir. Es la conocida fórmula de “las dos hojas y el capullo”. Los brotes suelen contener 3 o 4 hojas pequeñas que normalmente se pueden utilizar sin el acompañamiento de las otras dos.

Los brotes recién cosechados, pueden ser procesados en los distintos tipos de té, es decir, el té negro, el té verde o el instantáneo. En la fabricación del negro, el material se somete a un proceso de fermentación, mientras que en la producción de té verde, el proceso se centra en la semi-fermentación para conseguir un resultado final mucho más sutil. El instantáneo, al igual que el café, es un producto deshidratado que sólo contiene los componentes solubles del té.

Como la mayoría de las bebidas, el té puede ser una fuente de calorías para nuestro cuerpo. Una taza de té, con 2 cucharadas de leche y una cucharadita de azúcar, produce alrededor de 40 calorías. La leche contiene caseína, lo que hace que los taninos en el té soluble, eliminen así parte de su astringencia (efecto del ácido). Además de la leche y el azúcar añadido en general, las infusiones contienen cantidades marginales de vitaminas y minerales, pero no cantidades excesivas de proteínas, hidratos de carbono o grasas.