Pulseras magnéticas
Diversos especialistas nos advierten de que el medio ambiente está siendo alterado por la aparición de campos magnéticos artificiales. Estos nuevos campos magnéticos van en aumento: antenas de radio, televisión y telefonía, transformadores, líneas de alta tensión, cableado eléctrico, teléfonos móviles e inalámbricos, ordenadores, tecnología wi-fi…

Todos estos objetos emiten radiaciones artificiales que pueden ocasionarnos problemas de salud. Ya en los años 70 aparecieron en el mercado unas pulseras magnéticas para paliar los efectos negativos de las radiaciones artificiales. Estas pulseras tuvieron un éxito masivo durante los 70 y los 80: era prácticamente imposible no conocer a alguien que no llevara una. Pero en pocos años pasaron al olvido más absoluto.

Sin embargo, las pulseras electromagnéticas han vuelto. Ya no son aquellas pulseras de cobre con dos bolitas. Ahora las podemos encontrar de silicona, tela resistente, acero, titanio… Incluso con reloj incorporado.

La publicidad nos canta las virtudes de estas pulseras:

— regula y estabiliza el pH del organismo
— elimina los excesos de polaridad en el organismo generada por la influencia de las emisiones electromagnéticas artificiales
— ayuda a eliminar (limpiar) el colesterol y/o triglicéridos en arterias y venas.
— incrementa el flujo sanguíneo y mejora la capacidad de transportar oxígeno a las células, facilitando la recuperación de la salud.
— alivia la fatiga crónica, el estrés, las migrañas o la depresión.
— aporta vitalidad general al organismo
— mejora la recuperación tras la práctica de deporte
y un largo etcétera.

Las pulseras electromagnéticas no dejan indiferente a nadie: o se defienden o se critican aduciendo que tan sólo son un engaño. Y ¿qué podemos pensar los consumidores? Lo cierto es que se echa de menos un estudio científico realmente serio e imparcial sobre ellas, para que por fin sepamos a qué atenernos.