Reumatismo de origen psicológico
La existencia de trastornos psicológicos en las personas que padecen alguna enfermedad reumatológica es bastante frecuente. Si los síntomas reumáticos son producidos por estos trastornos psicológicos estaremos ante un reumatismo psicógeno. Sin embargo, hay que matizar que los síntomas psicológicos también pueden estar producidos por la enfermedad reumática o el estrés que provoca la enfermedad crónica.

Las causas de estos trastornos psicológicos se podrían clasificar en:

– Reumatismo psicógeno. En el que los síntomas reumáticos son debidos a una somatización o una proyección del malestar emocional hacia el plano físico.
– La propia enfermedad reumática produce una serie de síntomas psicológicos relacionados con el estrés que esta comporta, la dependencia de otras personas, el cambio de estilo de vida, la disminución de las capacidades motrices, etc. Todo ello, en conjunto, puede derivar en un estado ansioso-depresivo.
– Existencia simultánea de una enfermedad reumática y un trastorno psicológico, sin relación entre ambos. Esta causa no está aceptada por algunos expertos, quienes consideran que al ser humano como un todo. Por tanto, según estos, los síntomas que se dan en una persona, ya sean físicos o psíquicos, están relacionados entre sí.
– Los efectos secundarios que producen ciertos fármacos para tratar el reumatismo (antiinflamatorios y corticoides) pueden derivar en psicosis por corticosteroides.
– Si la enfermedad reumatológica afecta al sistema nervioso, también, puede producir trastornos psicológicos.
– El dolor crónico conlleva algunas alteraciones psicológicas y los pacientes que sufren dolor suelen presentar cierta sintomatología psicológica: ansiedad y depresión.

Casos de reumatismo psicógeno

1. Síndrome cervicocraneal psicógeno.

Su principal síntoma se caracteriza por un dolor en la nuca que se suele extender hacia la región occipital. También pueden aparecer otros síntomas:

– Vértigos o mareos que pueden afectar el equilibrio.
– Zumbidos en los oídos y problemas de audición.
– Trastornos en la visión.
– Molestias al tragar.
– Hormigueo o entumecimiento (parestesias) en las extremidades superiores

Dado que existe una relación directa entre los síntomas y los problemas psíquicos, muchos de estos síntomas desaparecen cuando se solventa el problema.

Se da con más frecuencia en mujeres de mediana edad (35 a 45 años) que presentan síntomas depresivos. Por tanto, los dolores cervicales se considerarían parte de una depresión somatomorfa.

2. Dorsalgia benigna

Se trata de un dolor de espalda localizado entre los omoplatos o “paletillas” que se extiende desde la base del cuello hasta la cintura. Su intensidad es variable y puede prolongarse hasta el costado o el pecho. También puede cursar con hormigueo o quemazón.

Las mujeres jóvenes, entre 16 y 40 años, que sufren sobrecarga muscular en sus profesiones y exceso de atención, con la consecuente tensión nerviosa, son las pacientes más numerosas.

El dolor se caracteriza por su persistencia y suele acompañarse de algún problema psíquico. Físicamente se suele detectar una contractura muscular en la zona y dolor al presionar las vértebras.

3. Lumbalgia psicógena

Si el dolor lumbar aparece como consecuencia de un movimiento brusco o sobrecarga, el tratamiento se centrará en él y con el tiempo desaparecerá. Por el contrario, si este dolor es crónico estamos de la somatización de un conflicto psíquico o lumbalgia psicógena.

Se manifiesta con más frecuencia en mujeres menores de 45 años. En su perfil psicológico se detecta gran inseguridad ante las exigencias de sus vidas, hecho que se traduce en una excesiva rigidez de la columna vertebral. Por otro lado, también se da en mujeres que han cedido, abrumadas por el peso de las exigencias.

El tratamiento, por tanto, ha de tener en cuenta los factores psicológicos y no limitarse únicamente a los físicos ya que el dolor podría convertirse en crónico.

4. Acroparestesias nocturnas

Normalmente aparecen durante la segunda mitad del sueño, pudiendo llegar a interrumpirlo. Se caracteriza por la sensación de hormigueo, adormecimiento o entumecimiento de los pies y las manos, pudiendo llegar a extenderse a los brazos. No se acompaña de atrofia muscular ni trastornos motores.